Recuerdo de gurí.
Cuando era un gurì de apenas 11 años, fui a mi primer campamento con los
Boy Scouts católicos. Al Arequita, a la ribera del Santa Lucía.
En los días previos a la partida, una ajetreada
mamá que tuve y extraño tanto, cosió cuatro frazadas viejas con hilo de
cometa, finitas y comidas por las polillas, y así me fabricó un calentito sobre
de dormir. Después, me llevó a una zapatería de Sayago donde me compró
un par de botines nuevitos de cuero grueso y suela clavada, de esos a
los que se le salían las puntas de las tachuelas pal lado de adentro
(todavía me duele). Sumado a eso, cargaría yo el día de la partida con
una pesada carpita de lona más gruesa que una feta de mortadela y más
pesada que un cajón lleno de diarios viejos y mojados, cuatro
"buzos" de lana llenos de pelotillas que habían sido de mi primo más
grande que yo y algunas cosas más, y eso sí, un precioso cuchillo de monte de Casa Schiavo
que me regaló a último momento, ya subiendo al viejo vagón de madera que vibraba con el bullicio de veinticinco gurises como yo.
Mi vieja se había criado en el monte
paraguayo y sabía muchas cosas. Siempre me animó a no tenerle miedo a nada, a
escuchar el silencio, a conversar con los bichos y las plantas.
Yo
sentía que estaba partiendo a una misión de mucha importancia.
"Nunca
tengas tengas miedo de nada", me decía siempre.
Sonó el pito, la campana y la bocina de la vieja locomotora, en ese órden, y tembló la vieja Estación Artigas.
Mi vieja sonreía y me hacía adiós con la mano.
De repente, abrió los ojos sobresaltada como si hubiera olvidado decirme algo, y me gritó, sin dejar de agitar su mano:
"!Si tenés que tomar
agua del río, echale primero un buen chorro de jugo de
limón.........!!"
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