domingo, 1 de febrero de 2015

Recuerdo de gurí.
 
Cuando era un gurì de apenas 11 años, fui a mi primer campamento con los Boy Scouts católicos. Al Arequita, a la ribera del Santa Lucía. 

En los días previos a la partida, una ajetreada mamá que tuve y extraño tanto, cosió cuatro frazadas viejas con hilo de cometa, finitas y comidas por las polillas, y así me fabricó un calentito sobre de dormir. Después, me llevó a una zapatería de Sayago donde me compró un par de botines nuevitos de cuero grueso y suela clavada, de esos a los que se le salían las puntas de las tachuelas pal lado de adentro (todavía me duele). Sumado a eso, cargaría yo el día de la partida con una pesada carpita de lona más gruesa que una feta de mortadela y más pesada que un cajón lleno de diarios viejos y mojados, cuatro "buzos" de lana llenos de pelotillas que habían sido de mi primo más grande que yo y algunas cosas más, y eso sí, un precioso cuchillo de monte de Casa Schiavo que me regaló a último momento, ya subiendo al viejo vagón de madera que vibraba con el bullicio de veinticinco gurises como yo. 

Mi vieja se había criado en el monte paraguayo y  sabía muchas cosas. Siempre me animó a no tenerle miedo a nada, a escuchar el silencio, a conversar con los bichos y las plantas. 

Yo sentía que estaba partiendo a una misión de mucha importancia. 

"Nunca tengas tengas miedo de nada", me decía siempre. 

Sonó el pito, la campana y la bocina de la vieja locomotora, en ese órden, y tembló la vieja Estación Artigas. 

Mi vieja sonreía y me hacía adiós con la mano. 

De repente, abrió los ojos sobresaltada como si hubiera olvidado decirme algo, y me gritó, sin dejar de agitar su mano:

"!Si tenés que tomar agua del  río, echale primero un buen chorro de jugo de limón.........!!"

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