lunes, 6 de abril de 2015

Anecdotario

Hace tantos años ya, que me animo a contarlo. Si no, no.
Los delitos habrán prescrito, digo yo. El de ellos… y el nuestro…
Mire que hace años de esto…. Tantos, que me entra el miedo a las trampas de la memoria.
En un destartalado Willys íbamos el Julio y yo, en comisión oficial de servicio recorriendo los campos de la patria. Las cosas se dieron pa que tuviéramos una tarde libre. El Julio me propuso largarnos hasta Aceguá y cómo no, hacer una paradita en Isidoro Noblía pa comer.
Así que arrancamos en el Willys chapa oficial del gobierno a recorrer ese tramo entre Melo y la frontera.
Siempre está la frontera. Esperando. Esa zona gris que no empieza ni termina en ningún lado. Esa franja indefinida entre Uruguay y Brasil. Porque los que piensan que las fronteras son líneas netas y tajantes que dividen dos mundos arbitrariamente, no saben lo que es una frontera.
Así que arrancamos. Yo cebaba el mate. El Julio hacía lo posible pa que el Willys se mantuviera derechito sin morder banquinas ni bandearse al medio, con un juego de no menos de 20 centímetros en la dirección del castigado vehículo.
Le pasaba el mate al Julio con cuidado, como debe hacer un buen copiloto, alcanzándole el mate con la mano derecha de manera que al final del movimiento, la bombilla le quedara presentada frente a su boca sin tener que ejercitar incómodos ademanes que pusieran en riesgo la conducción. Cosas aprendidas después de miles de kilómetros recorridos en pos del desarrollo.
La ruta estaba bastante solitaria, así que el viaje era bastante tranquilo.
Una vez llegados a Aceguá, pensábamos simplemente husmear, y de repente hacer alguna carguita pa aliviar el presupuesto.
A unos treinta kilómetros del destino, vislumbramos un vehículo delante nuestro. Digo vehículo porque se movía, pero no alcanzábamos a distinguir muy bien sus características. Cuando nos fuimos acercando un poco más, supimos que era una moto. Pero muy especialmente ataviada. El conductor no se alcanzaba a percibir claramente. Un brillo metálico envolvía al vehículo avistado. Más cerca aún, adivinamos a su conductor envuelto en un “sobretodo” de 8 garrafas de supergas que milagrosamente navegaban por ruta 8 rumbo a la frontera a reponer carga.
Pero mayor aún fue nuestra sorpresa cuando más cerca del navegante fenicio melense sobre ruedas, pudimos ver que delante de este motorizado quilero iban como veinte más, en veinte motos forradas de garrafas.
El Julio aceleró a fondo y los pasamos a los veinte, adelantándonos unos quinientos metros. De golpe frenó y me dijo: “Dale! Sacá la cámara y les tomamos una foto!”
Parecía una buena idea. Quién sabe. Se me ocurrió que era una cosa que merecía ser registrada. Así que me bajé lo más rápido que pude y tomé una foto.
La foto, la verdá, no fue una foto de una fila de veinte quileros en moto cada uno forrado con ocho garrafas de supergás. La verdá que no resultó así.
La foto fue de veinte motos con 8 garrafas, cada una, tiradas en la ruta, y una tropilla de quileros despavoridos, saltando alambrados, corriendo a campo traviesa, huyendo de un destartalado Willys con chapa oficial del Gobierno.

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