Un boliche. c.l.n.
Hace muchos años, había un boliche en la calle Yaguarón, a la altura de la calle Colonia. La ciudad, Montevideo. El boliche, El Luzón.
No sé si existe aún porque hace mucho que no voy a Montevideo y no me interesa demasiado ahora en este tiempo.
Es que me convertí en un viejo solitario y vivo lejos de la gente, apartado de todo.
Además, si existe ese boliche todavía, , no debe ser el mismo que aquél de los 80. Acostumbraba aparecerme por ahí cuando me picaba el hambre y andaba solo, cuando mis amigos estaban desparramados sin una línea y seguro ese boliche era el lugar indicado para reencontrarse, para comer algo, para tomar un "clarete fresco" y retomar la vuelta de un Montevideo que se iba y dejaba paso a otro.
Una sola mesa junto a la ventana. Las demás, en fila contra la pared a la izquierda.
Entrando a la derecha, el mostrador y en primer lugar, el Mellado revoleando tortillas gallegas en la sartén, o amasijando gramajos.
Un espeso olor a fritanga lo impregnaba todo.
A una de las mesas contra la pared, arribaba a eso de las nueve menos cuarto, un viejito petizo, medio pelado, que lucía un sobretodo gris gastado y una bufanda de lana llena de pelotillas.
Todas las noches, a eso de las nueve menos cuarto.
Me acuerdo bien porque me lo cantaba el reloj grasiento que colgaba de la pared.
Apenas sentado, el viejito pedía un plato de ravioles con tuco y un vaso de vino.
A fuerza de un humo espeso, uno ya tenía la ropa a esa altura grabada con todo el menú del día. Pero no importaba.
Lo importante era estar ahí, costara lo que costara, esperando una cara conocida en la puerta para invitar a su dueño o dueña con un gramajo y... un clarete fresco, o quién sabe.
Siempre recuerdo al viejito de sobretodo gris.
Apenas terminados los ravioles, inclinaba su cabeza sobre el pecho y se quedaba dormido. Una siesta de exactamente 20 minutos. Era como un ritual. Ni uno más, ni uno menos.
El humo espeso amortiguaba las voces y nos igualaba a todos. y se mezclaba con los murmullos del boliche y sus frases perdidas.
En fin, con el estómago lleno era otra cosa. Podías emprender de nuevo el intento de que no se acabara el día, de que algo más sucediera al atravesar la puerta y salir de nuevo a la calle, con suerte acompañado de alguien.
Yo tenía bastante suerte. Casi siempre terminaba encontrándome con alguien para obviamente armár un plan para esa noche.
Así que terminada nuestra cena y un par de jarras de vino, arrancábamos para algún lado, con alguna idea, que, real o fantástica, a algúna parte nos llevaría.
Pero nunca antes de echar una mirada hacia atrás, al interior brumoso del boliche, saludar y ver al viejito despertar bruscamente de su siesta de veinte minutos, erguir la cabeza, alzar la mirada, levantar el dedo índice y con una sonrisa decir en voz alta: "Mozo! Un plato de sopa... bien caliente!!!!"
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viernes, 26 de septiembre de 2014
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