domingo, 25 de mayo de 2014

Martín.- Cuento anécdota.

MARTIN.-

Martín era un tipo especial. De esos que tempranito prendía la radio y se cebaba el primer mate. De andar solo. No quiero decir con esto que fuera un solitario. Era muy sociable Martín. Pero sabía disfrutar de esos momentos en que uno por destino está sólo. Momentos pa ordenar el pensamiento, pa sacarle punta a ideas nuevas, pa soñar con un futuro.

Cuando el tiempo de andar solo empezaba a escacear de ideas, se buscaba compañía. Porque no era sonso, sabía perfectamente que un hombre piensa sólo hasta cierto punto, hasta el punto en que necesita la palabra de otros, y mejor si son amigos.

Siempre esperábamos que Martín apareciera por ahí en cualquier vuelta pa charlar con él. Casi predecíamos sus apariciones. Su tono campechano, abridor de espacios pa conversar, era una invitación que uno no podía rechazar. No quería rechazar. Yo disfrutaba las charlas con Martín.

Estábamos por aquel entonces cursando 4º. Año de Agronomía en la Estación “Mario Cassinoni”. De lunes a viernes palo y palo. Clases teóricas, prácticas, recorridas de campo a salto de Canguro, voces y voces siempre, mugidos y motores, recorridas al trotecito lento y a oscuras a las cuatro de la mañana en medio del campo sólo, radios prendidas sonando a Peter Frampton o a Gardel.

Cientoveinticinco almas jóvenes tratando de ordenar el cuerpo y el pensamiento….

Y además… los cumpleaños…
Calculen que, estadísticamente hablando, había un 34, 24 % de probabilidades de que en un día cualquiera, fuese el cumpleaños de alguno/a. Más o menos un cumpleaños cada tres días repartidos en cinco barracones. Así que estaba destinado a ser un año agitado.

Claro que los cumpleaños, estadísticamente puntuales, se alegraban con siempre frescas damajuanas de caña con naranja y.. guitarras, cómo no! Siempre guitarras y canciones.

Creo que nunca dormí, en ese año, más de tres horas por día. A gatas alcanzaba a dormirme a las 2 y media de la mañana, cuando el último Agencia depositaba los tambaleantes cuerpos paseanderos de aquellos que habían optado por una escapada al pueblo, y que habían tomado su última copa en el Centro Bar de Paysandú a eso de las 2 menos cuarto.

Pero también me despertaba con los ruidos del primer adelantado que prendía la radio a las 5. Entre ellos, Martín. Gardel o Larralde, siempre igual.

Así que durante un buen tiempo, dormí escasas 3 horas por día.

Los viernes eran días de afloje. Algunos se pelaban a Montevideo a reencontrar familias, a abrazar novias/os, a respirar paseos.

Otros nos quedábamos a disfrutar de una Estación callada, tranquila, extraña. Aunque ell viernes de noche era obligado ir a Paysandú. A lo que fuera y adonde fuera. Un buen baño, escarbábamos las mejores pilchas en el ropero, y arrancábamos.
Martín era de los que se quedaba los fines de semana. Tenía una Hondita 50 que era un lujo. Y tenía además, bien guardados en su placar, un par de mocasines marrones nuevitos, un pantalón gris oscuro con la raya bien planchada, y una chaqueta azul clásica pero con botones dorados. A ese atuendo le agregaba, faltaba más, una golilla también azul con lunares blancos, anudada en cuatro, sobre una camisa celeste a rayas blancas. Porque Martín era del interior, y mantenía ciertas tradiciones con pulcritud y disciplina.

Una preciosidad ver a Martín zarpando en su Hondita a las siete de la tarde, golilla al viento, rumbo a Paysandú, sólo.

Ese viernes también fui yo. Caminé 18 de julio hasta Treinta y Tres. Me detuve un instante en el Centro Bar, dudé y como era medio temprano y no pintaba mucho movimiento, seguí hacia abajo.

Llegando al Social, ví clarito, algo cómo una estampa antigua.
Talón apoyado contra la columna, pulgares en las presillas del pantalón, golilla al viento y Hondita roja y blanca estacionada a su lado, Martín.

Miraba a la gente pasar, su cabeza giraba lentamente de derecha a izquierda, sus dedos, menos los pulgares siempre asidos a las presilla del pantalón, se abanicaban como acariciando el aire. Si alguna bella mujer acertaba a pasar por aquella vereda, justo frente a esa columna, justo ahí donde estaba Martín, escuchaba entre halagada y sorprendida, e inevitablemente, una frase cantarina, con tono campechano y buscador que decía:
- “¡Qué lomito, tesorito!”

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